Perdí la inocencia un 8 de diciembre

Esa mañana de diciembre de 1980 subí como siempre al bus que me llevaría al colegio. Era un día de calor, por ser ya casi el verano, los últimos días del año y del ciclo escolar. Mi último año del secundario, ya con 18 años y listo para empezar una etapa nueva de mi vida en la universidad, al año siguiente.

El ómnibus 128 lleno de gente, que viajábamos desde la periferia de la ciudad de Montevideo, desde barrios como Paso de la Arena, Nuevo París, Paso Molino o Belvedere, rumbo al centro, a trabajar, a estudiar o simplemente vagabundear si los controles de la dictadura militar te lo permitían.

Subí en la parada de la esquina de mi casa, en la calle Santa Lucía y Vitoria (sí, no era una «victoria»). Pasé las paradas de las calles Garzón y San Quintín. En el Parque Bellán subió mi amigo Daniel. Cuando finalmente pudimos escurrirnos entre la gente y acercarnos, nos saludamos. Daniel tenía una expresión muy seria.


— ¿Viste lo qué pasó?

— No, qué?

— Mataron a John Lennon.

Un demente había asesinado a nuestro John. Creo que ese fué el día que perdimos para siempre toda nuestra inocencia. Ahora nos esperaba una vida adulta por delante.

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